Solo se oye el eterno ronroneo del mar y unos grillos despistados que parecen no querer entender que el verano quedó atrás hace tiempo. Desde la terraza, la inmensidad de la playa iluminada por una luna creciente y un pueblo casi fantasma que se prepara para su largo letargo invernal.

El bullicio, las decenas de restaurantes, los miles de turistas y la actividad desenfrenada han dado paso a una cotidianidad soporífera, lenta, irremediablemente cansada en la que la dirección del viento y las mareas parecen ser las únicas variables permitidas.

Me sonrio, disfruto esta calma sabiendo que tiene los días contados, que no es para mí. Sobre la cama se agolpan los últimos recibos, facturas, papeles, anotaciones, números de teléfonos y varias carpetas y archivadores. Son los últimos vestigios de un verano agotador, sus últimos testigos.

Sobre la mesa se encuentra el futuro; papeles que certifican que yo soy yo, pasaporte, dinero, agenda, papeles con número de reserva y vuelo, una camara de vídeo y anotaciones diversas.

El Notas duerme placidamente sobre su manta totalmente ajeno a una larga separación que espero que se le haga lo más corta posible, esta vez no puede venir. Tiene su cartilla, se le podría sacar el pasaporte pero sincermante creo que no esta preparado para cambiar su playa y sus pájaros por el bullicio y el tráfico de Caracas, algún día lo entenderá, supongo que cuando sea mayor, que es lo que se ha dicho toda la vida.

Tras más de cuatro meses de ausencia estoy de vuelta donde se inició toda esta historia, estoy de vuelta en la Coctelera, tengo otro blog, muchos planes y una gran ilusión ante todo lo que viene, eso si, sigo siendo Zarzu.